Novela de amor y fantasía La niña de la estrella
«Si no te emociona esta novela eres de piedra.»
Sinopsis de la novela
En una galaxia muy lejana, donde el amor y la magia pueden cambiar el mundo, un oscuro mal amenaza con extinguir la luz y sumir al Universo en sombras.
La suerte de un pequeño planeta llamado Teotolcan y de la entera galaxia se entrelaza con los destinos de Pipo, un intrépido habitante de ese planeta, y de su amada Clara, que vive en la estrella que le alumbra.
Acompaña a Clara y a Pipo en su Amor Imposible y en su épica travesía, donde la valentía, el amor y la unión de corazones desafiarán –con un terrible sacrificio– a la oscuridad, y devolverán la luz a todos los Reinos que claman por la Esperanza.
19 Capítulos de amor, emoción y aventuras.
Una novela escrita en 2001 —mucho antes del boom de la IA—, y publicada ahora por Europa Ediciones.
Sobre el autor
Nacido en Madrid en mayo de 1968, Ignacio María Iglesias Labat cursó estudios de Filosofía e Imagen y Sonido, así como numerosos masters y cursos de toda índole.
Lleva escribiendo desde que aprendió a escribir. Desde 1993 trabaja como guionista, director y montador de producciones audiovisuales. Entre sus publicaciones hay innumerables obras entre cuentos, poemas, ensayos, creatividades para spots de TV, cine e internet, copys para anuncios, prensa y revistas, y guiones para vídeos.
En 2001 escribió la novelita de amor y fantasía La niña de la estrella, publicada ahora por Europa Ediciones.
Testimonios
Escribí esta novela de corazón y con toda mi alma
Una gran novela, muy entretenida, en la que participé muy activamente.
Si no te emociona esta novela eres de piedra.
La novela me ha encantado. Me la leí de seguido. Esperamos ver nuevos relatos del autor.
Está novela me encantó, cuando la leí la primera vez, y a mi hija también le encantó, pues su redacción es perfecta y te prende desde que comienzas hasta que terminas pues es muy amena, ahora está novela será para mi prima y seguro que le fascinará, la recomiendo…☺️
Seguidamente puedes leer los tres primeros capítulos:
Capítulo I
El viejo vagabundo arribó al Albergue de los Pobres, emplazado en la falda de una polvorienta colina: a un par de kilómetros del pueblo, tirando por el camino del Puente Viejo. Era realmente feo: cojo, tuerto y jorobado; reseco y arrugado como una pasa.
En el Albergue, además del director y los empleados, vivíamos un grupo de ocho o diez niños huérfanos, de los cuales —en esa época— el mayor era yo; —contaría entonces alrededor de trece o catorce primaveras.
El Albergue ofrecía hospedaje gratuito a los vagabundos y mendigos: un jergón, una manta y un plato de comida. Sin embargo, era costumbre —una especie de tradición no escrita— que, como contrapartida, el hospedado nos contase a los chavales algún cuento o historia, antes de irnos a la cama. En la mayoría de los casos, lo que los viajeros nos contaban no eran cuentos, sino anécdotas, o descripciones de lugares visitados por ellos —descripciones realistas o fantásticas, según el talante de cada cual—. Muchos de estos vagabundos han viajado por medio mundo, y a menudo sus ojos han visto maravillas que cuesta imaginar si uno se atiene a su desharrapado aspecto. Estos relatos estimulaban nuestra pobre imaginación, ávida de todo aquello que quedara más allá de los estrechos horizontes de la comarca en que vivíamos.
De modo que, tras la cena, apilados alrededor de la chimenea encendida, le solicitamos al recién llegado que cumpliera con nosotros.
—¿Que os cuente un cuento? ¡Pero si no me sé ninguno! Los he olvidado todos…
Mientras hablaba, observé nuevamente la figura del viejo vagabundo, ciertamente poco agraciada: en el ojo tuerto llevaba un parche al estilo pirata, mientras que el otro se hundía en su cuenca como una alimaña en lo más profundo de su madriguera; su espalda estaba deformada por una joroba; su cara, repleta de costras, pliegues y arrugas, parecía la piel de una patata retorcida y pocha; sus manos, también arrugadísimas, eran nudosas como sarmientos castigados por el viento. Llevaba una vara de madera oscurecida por el uso a guisa de bastón.
—Bueno, espera un momento… —se quedó pensativo, como sopesando alguna duda interna—. Sí, en realidad sí me sé un cuento… Pero, no sé… —nos miró a todos, todavía indeciso—: Es un cuento con un final muy triste.
Nosotros, sentados en el suelo alrededor suyo y de la lumbre, le apremiamos a que nos lo contara —pues basta que dudes en contarle algo a un niño para acrecentar su interés por la materia; aparte de que la promesa de un final triste nos sonaba a una historia más propia “de mayores” que de niños.
Al fin carraspeó aclarándose la voz.
—Esta historia sucedió hace muchísimo tiempo, en una galaxia muy lejana. Había una vez una niña que vivía en una estrella…
—¡Ah, ¿Se puede vivir en una estrella?! —saltó uno de los peques.
—Es un cuento, tonto —le repliqué.
Pero el viejo me miró con cara de “no te pases de listo”.
—Buena pregunta. En realidad, la gente como nosotros, los seres terrestres, no puede vivir en las estrellas; nos quedan un poquito lejos. Pero esta niña no era como uno de nosotros. Era otra clase de ser, un habitante de las estrellas. Para entendernos, un habitante de las estrellas es parecido a lo que aquí llamamos un ángel. Viven en las estrellas, y se ocupan de que éstas proporcionen luz y calor a los mundos que giran a su alrededor.
—¿Como hace el Sol con la Tierra?
—Exactamente.
—¡Yo quiero vivir en una estrella! —dijo Jorge.
—Pues a mí el otro día me dijo la Seño que soy un ángel… —terció Rosita.
Todos los chavales comenzaron a hacer comentarios, y yo, en mi papel de “mayor” y responsable del grupo, me sentí obligado a reconducir la situación:
—Como no os calléis todos, se acabó el cuento y nos vamos inmediatamente a la cama, que a este paso no acabamos en toda la noche.
Esta vez, el viejo me echó una mirada levemente aprobatoria, y prosiguió su relato.
—Bueno, pues esta niña que vivía en una estrella se llamaba Clara. Era guapísima, y muy buena. Su estrella, conocida como la estrella Clara, alumbraba un pequeño mundo, llamado Teotolcan, en el cual vivía gente muy parecida a nosotros, tanto en su aspecto como en su forma de vida; sólo que no vivían como nosotros ahora, sino como… ¿habéis oído hablar de la Edad Media?
—Sí, en la Escuela.
—¡Claro! ¡Los caballeros andantes! —y a todos nos chispearon los ojos: el rey Arturo y los caballeros de la Mesa Redonda, magos y dragones, las Cruzadas…
—Eso es, los caballeros andantes. Pues los teotolcanecos vivían como en la Edad Media. Pero en Teotolcan apenas había caballeros andantes ni guerreros, porque la gente que lo poblaba era pacífica; no se dedicaban a la lucha ni guerreaban entre ellos como hacen aquí, sino que cultivaban las tierras y hacían artesanías de diverso género. Ahora bien: Teotolcan era un mundo mágico: en sus tierras, la magia era tan común como el pan recién hecho por las mañanas; quién más, quién menos, cualquier habitante sabía realizar modestos conjuros e inofensivos hechizos que alegraban y embellecían la vida. Incluso, algunos habitantes eran reputados maestros de la magia. Por otra parte, los habitantes de Teotolcan no estaban aislados en su galaxia —como dicen que estamos nosotros aquí—, sino que a menudo recibían la visita de los habitantes de mundos vecinos. Estos extranjeros no viajaban en cohetes, sino en naves espaciales muy parecidas a los barcos antiguos, como las carabelas. ¿Sabéis cuando Colón descubrió América a bordo de tres carabelas? Bueno, pues las naves espaciales de estas gentes eran más o menos así, sólo que se desplazaban por el aire y los espacios estelares, propulsadas por los conjuros mágicos de sus intrépidos capitanes. Resultaba impresionante observar la llegada de alguna flota estelar: formaciones de carabelas envueltas en destellos multicolores, descendiendo lenta y majestuosamente desde las alturas celestes, hasta posarse suavemente en el Mar de Teotolcan.
Clara amaba Teotolcan y a sus moradores, y los cuidaba con sumo cariño y cuidado. Contemplaba sus vidas, y continuamente, al verlos, sonreía. Y, a cada sonrisa suya, desde su estrella emanaban rayitos de luz que iluminaban el paisaje, procuraban calor y hacían florecer las plantas. Se esforzaba en querer a todo el mundo por igual —tanto a las buenas personas como a las no tan buenas—, pero a fin de cuentas tenía sus preferencias; en concreto, sentía una predilección muy especial por un niño llamado Pipo.
Pipo era huérfano, como vosotros, pero había sido adoptado por un herrero, de nombre Elías, quien se lo encontró en el bosque cuando todavía era una criatura de escasos días. Fue un encuentro curioso: imaginaos, andar de excursión campestre y encontrarse a un bebé en lo alto de la Sierra, allá donde nace el río Canalón; justo donde se abrazan dos grandes montañas llamadas las Dos Hermanas. De no ser por las aguas de este río, que tienen propiedades mágicas protectoras, así como por la influencia benéfica de los rayos de la estrella Clara, sin duda Pipo habría muerto. Pero el caso es que sobrevivió, y fue encontrado por Elías, quien lo crió como si fuera su propio hijo, —pues siempre había deseado tener un hijo, pero su mujer había muerto muy joven, antes de encintar, y él jamás se había repuesto de su pérdida, renunciando, no ya a nuevo casamiento, sino incluso a trato carnal con cualquier otra mujer—. Elías, hombre de sencillo y bondadoso corazón, inculcó a Pipo nobles principios, le enseñó su oficio, y lo envió a la Escuela, donde aprendió a leer y escribir.
¿Sabéis lo que es un herrero? Es un tipo que trabaja el metal: lo calienta hasta fundirlo para poder darle forma y transformarlo en instrumentos útiles. Pues bien, Elías no era un herrero cualquiera, sino todo un maestro herrero, y además uno de los mejores. Pero Elías no hacía cualquier clase de instrumentos, sino un tipo muy especial: se dedicaba a la forja de espadas mágicas. No os he dicho que, aunque la gente de Teotolcan no era guerrera, destacaba precisamente en la forja de espadas mágicas. Si bien ellos no las usaban, acudían extranjeros de toda la galaxia para llevárselas. Concretamente, las espadas de Elías tenían un merecido renombre en todos aquellos mundos. Elías sólo forjaba espadas para caballeros honorables, de probada moralidad y conducta bondadosa. Forjar una espada podía llevarle decenas de años. Para que os hagáis una idea: estoy casi seguro de que la célebre espada del Rey Arturo, Excalibur, procede del taller del maestro Elías; eso sí, no me preguntéis cómo pudo llegar a este mundo.
La calidad de las espadas mágicas teotolcanecas tiene su explicación. En realidad, se debía a una singular combinación de factores. Por una parte, sólo en Teotolcan existía un extraño y maravilloso mineral, el irifénix: brillante como ninguno, increíblemente duro, y especialmente propicio para acoger sobre sí poderes mágicos. Por otra parte, este metal se fundía —y sólo podía fundirse así, no había otra manera— en la llamada Fragua de los Cristales. Esta fragua era un paraje natural, situado en el interior del cráter del volcán dormido Caracolio —así llamado por asemejarse su forma a la concha de una caracola—; en este cráter se había formado, de manera natural aunque inexplicable, una cúpula de cristales que al mismo tiempo formaban un gigantesco sistema de lupas; de tal manera que intensificaban y concentraban los rayos enviados por la estrella Clara en el centro del cráter. Estos rayos, a la hora del Mediodía, servían para fundir el irifénix. El proceso de fundición y forja se llevaba a cabo con experta destreza y suma delicadeza, y se desarrollaba bajo la acción de una serie de ritos y conjuros. Finalmente, terminada esta labor, se cumplía el ritual del bautizo de la espada, en las aguas del río Canalón. En este ritual —así como en los anteriores—, las propiedades mágicas invocadas se restringían exclusivamente al uso de la espada en servicio de nobles causas, —y en todo caso, siempre para la defensa, nunca para el ataque.
Pero me estoy desviando de la historia. Ya os he comentado el cariño especial que Clara sentía por Pipo. En realidad, dicho sentimiento era recíproco: Pipo, ya desde su mismo nacimiento, sentía una intensa y viva atracción por la estrella Clara, aunque no podía saber que en ella vivía una niña, pues los habitantes de las estrellas son invisibles para los habitantes de los mundos. Pipo contemplaba fascinado la estrella durante ratos interminables —a veces noches enteras—, se regocijaba admirando sus destellos, y le confiaba —a solas, en susurros— sus más bellos pensamientos —como si ambos compartieran una secreta y mágica intimidad—; y Clara le escuchaba enternecida.
Aunque el origen de este sentimiento es un misterio, con seguridad influyó la forma en que por primera vez entraron en contacto. Ocurrió de la siguiente manera.
Cuando Clara nació, le fue entregada su estrella, como ocurre con todos los habitantes de las estrellas: cada uno tiene la suya, creada expresamente para él en el momento en que nace, y vive en unidad con ella. Ya os he dicho que la tarea de los habitantes de las estrellas consiste en hacer que éstas procuren luz y calor a los mundos que giran a su alrededor. Para ello tienen que cumplir ciertas normas, y disponen de ciertas facultades. Son invisibles para los seres terrestres, y no deben interferir en sus asuntos. De hecho, su obligación es comportarse con imparcialidad, y conseguir que las estrellas luzcan por igual para todas las gentes y criaturas, sea cual sea su condición.
Una estrella refleja en todo momento el estado de ánimo de su habitante: si éste está enfadado, la estrella luce hostil, y sus rayos resultan agresivos; si se encuentra triste, la luz de la estrella bañará de melancolía los mundos circundantes; por el contrario, si está alegre los rayos emanarán cálidos y acogedores, embelleciendo los paisajes de los mundos y alegrando la vida de sus habitantes. Por esta razón, una de las normas más importantes de los habitantes de las estrellas estipula que deben mantenerse siempre sonrientes. En principio, Clara no tenía problema para cumplir esta norma, pues era de temperamento radiante y jovial.
Pero, recién nacida, Clara era aún demasiado joven para saber de normas. Con su estrella aún por estrenar, le asignaron el pequeño mundo llamado Teotolcan. Era de noche, y sus habitantes dormían, por lo que Clara, tímida e inexperta, apenas se atrevía a lucir, cuando, de pronto, oyó el llanto de un recién nacido. Salía de la masa oscura de las montañas. Alarmada, envió un titubeante rayito para explorar la procedencia del llanto… Y entonces descubrió a Pipo: un bebé desnudo y desamparado, que lloraba junto al manantial que luego, montaña abajo, va cogiendo brío y caudal hasta devenir en el río Canalón. Abandonado a su suerte en mitad de la noche, sin duda moriría de frío; y esto es lo que hubiera sucedido si Clara no hubiera sido, asimismo, una recién nacida que aún desconocía las normas a las que le vinculaba su estirpe. Así que se compadeció de Pipo, y lo calentó con sus rayitos, hasta que Pipo dejó de llorar… y sonrió. La primera sonrisa de su vida. Y Clara se llenó de gozo, como lo haría un niño solitario que se encontrase con un inesperado compañero de juegos. Al amanecer llegó Elías, y encontró a Pipo, y lo adoptó, como ya os he contado.
En Teotolcan fue pasando el tiempo, apaciblemente. Pipo fue convirtiéndose en un desgarbado mozalbete de aire soñador. Acudía a la Escuela, pero, aunque le encantaba leer y era espabilado, sólo destacaba en algunas artes y en la gimnasia, pues para el resto de las materias era tremendamente distraído. Simultáneamente, su padre le fue iniciando en su oficio. Pero no sólo esto. Ya desde muy pequeño, Pipo tuvo el honor de gozar de la compañía y los consejos de los más aguerridos y honorables caballeros andantes de la galaxia. La entrega de una espada mágica no era un mero trámite que se cumpliera en un momento; suponía la culminación de años de laborioso trabajo, y se llevaba a cabo mediante un proceso ceremonial que duraba meses. Durante ese tiempo, los caballeros se hospedaban en la residencia de Elías. Pipo absorbía literalmente sus relatos y enseñanzas. Así, Pipo fue instruido por los mejores maestros en las artes de la lucha; completaba su formación marcial practicando por su cuenta en los bosques y llanuras, sirviéndose de un palo de madera de roble que le dio Elías.
Por su parte, Clara, nuestra niña de la estrella, también había crecido. Aunque desde el principio tuvo un don natural para cumplir con su tarea, había progresado mucho en el perfeccionamiento de ésta. Enviaba sus rayos más calientes en invierno, para compensar la frialdad de la estación, y los entibiaba en verano para no acalorar demasiado a los seres terrestres; se retiraba a un oportuno segundo plano cuando llegaba el momento de que las lluvias alimentaran las plantaciones; disminuía su claridad por las noches a fin de permitir el sueño en Teotolcan; sonreía siempre, siempre —incluso cuando estaba cansada o preocupada—, para que su estrella luciera bonita y alegre. Y, lo más importante: había aprendido a tratar a todo el mundo por igual… incluso a Pipo. Pero no podía evitarlo: seguía sintiendo un cariño especial por él. Las ocurrencias del muchacho la encandilaban. Cuando Pipo, al aprender rima en la Escuela, empezó a dedicarle poemas a su estrella, ella se enternecía, pese a la cursilería y escasa gracia de los versos; y cuando Pipo dio clases de canto, y empezó a brindarle canciones acompañado del laúd, casi se moría de la risa: pues provocaba la furia de todas la nubes, y a punto estuvo más de una vez de provocar el diluvio universal. Sin embargo, aunque en su fuero interno se conmovía sobremanera, cuidábase mucho de no manifestarlo externamente, para que sus sentimientos no influyeran en el adecuado ejercicio de sus diversas tareas… Y seguía sonriendo —con, por así decirlo, encantadora carita de póquer.
—Ahora bien: a partir de cierto momento las cosas empezaron a cambiar, complicándose —el viejo hizo una pausa. Yo aproveché para mirar las brasas de la chimenea: por los leños consumidos, era capaz de calcular la hora con bastante precisión. Hacía rato que debíamos estar acostados—.
—Lo siento, abuelo, pero es hora de irse a la cama. Vamos, chavales —Los niños se resistieron, pues querían escuchar el final del cuento.
—¿Queda mucho? —le pregunté al vagabundo.
—Bastante.
—¿Y no puedes seguir mañana?
—Mañana debería proseguir mi camino… —el viejo dudó, contemplando las caritas expectantes de los críos; seguramente hacía mucho que nadie le pedía nada, y menos unos niños—. En fin, veremos qué se puede hacer.
Reconozco que esa noche me costó dormirme, pues yo también estaba intrigado con la historia de Clara y Pipo…
Al día siguiente, el viejo realizó un sinfín de tareas en el Albergue: cortó leña, aró la tierra, sacó agua del pozo… Mostraba una energía impropia de su aspecto y de su edad. De manera que los responsables estuvieron encantados de que hubiera decidido quedarse unos días más.
Capítulo II
—Decíamos ayer que a partir de cierto momento las cosas empezaron a cambiar, complicándose. Fue más o menos cuando Clara y Pipo entraron en esa edad tan delicada en que ya no eran niños pero aún no eran adultos ——y el viejo hizo una pausa, mirándome significativamente como advirtiéndome: “Verás la que te espera”. Seguidamente prosiguió su relato—. Durante un verano, Pipo empezó a comportarse de manera extraña: rehuía el trato con la gente —sus compañeros, Elías… —, volviéndose cada vez más taciturno y retraído; evitaba mirar la estrella Clara; cuando entraba en su habitación cerraba los postigos de la ventana —cosa que antes nunca había hecho, al menos en la estación calurosa—; pasaba la mayor parte del tiempo metido en su cueva secreta…
Perdonad, chicos. No os he hablado todavía de la cueva secreta de Pipo. Como otros muchachos de Teotolcan, Pipo disponía de un escondite sólo conocido por él. Lo había descubierto de niño, en una de sus correrías por la montaña; estaba muy cerca del nacimiento del Canalón —el lugar donde lo encontró Elías cuando era un recién nacido—, pero para llegar a él había que atravesar una zona de espesísima maleza —que a la vez ocultaba y dificultaba la entrada—, por lo que resultaba casi imposible averiguar su existencia. De hecho, Pipo no lo hubiera descubierto a no ser de la curiosa manera en que lo hizo. Andaba un día de exploración por el bosque, cuando avistó una serpiente de vivos y variados colores, tan hermosa como jamás había visto. Aunque quizá sería más correcto decir que fue la serpiente quien lo avistó a él, pues cuando Pipo reparó en ella estaba ya enfrente suya, mirándolo fijamente.
Habéis de saber que las serpientes teotolcanecas podían ser benignas o malignas, pero en cualquier caso, tenían siempre cualidades mágicas. Así que el encuentro con una podía deparar una inesperada fortuna, pero asimismo podía, por el contrario, resultar fatal; por lo cual la mayoría de los hombres de Teotolcan prefería no correr riesgos y, al toparse con una, alejarse lo antes posible. Pero Pipo, aun cuando todavía era un niño, no se arredraba ante el peligro.
De modo que la serpiente multicolor, detenida frente a él con la cabeza triangular alzada, clavó en sus ojos su hipnótica mirada y, sacando una lengua bífida, siseó. Seguidamente dio media vuelta y se marchó reptando. Pipo interpretó el siseo como una invitación a que la siguiera. La serpiente se adentró por una zona de intrincada y espesa maleza, y Pipo fue tras ella, consiguiendo abrirse paso entre la maleza gracias a su pequeño tamaño y su machete de explorador. Llegó hasta la pared de la montaña, y divisó a la serpiente entrando por un angosto agujero. Ni corto ni perezoso, se internó por él. Avanzó a cuatro patas por una gruta estrecha, que doblaba continuamente a izquierda y derecha. La serpiente se había perdido de vista. Tras unos centenares de metros, al vencer un recodo, desembocó en un amplio espacio subterráneo, quedando maravillado. Del techo pendían estalactitas de radiantes y vívidos colores —como los de la serpiente que le había guiado hasta allí, de la que no había ni rastro—, y en el centro reposaba una pequeña laguna, en cuya superficie se reflejaban las estactitas. Pipo se acercó hasta su orilla e, inclinándose, rozó el agua con un dedo. Entonces resonó en toda la cueva el siseo de la serpiente, y la pequeña ondulación provocada por Pipo fue suficiente para generar en la superficie del agua miríadas de destellos multicolores, formando una especie de fantástico caleidoscopio.
Así que éste era el refugio secreto de Pipo. A decir verdad, Pipo nunca lo había frecuentado demasiado, pese a su belleza, por la sola razón de que dentro de la cueva no podía contemplar la estrella Clara, ni ser bañado por sus rayos. Pero en la época a que nos estamos refiriendo, Pipo había cambiado de proceder, y consumía en la cueva casi todo su tiempo.
Y, cuando no estaba en ella, evitaba el trato de la gente así como mirar a la estrella Clara. Por primera vez en su vida, caminaba con la cabeza gacha; sólo muy de vez en cuando alzaba la mirada dirigiéndola a la estrella, repentina e impulsivamente… mas inmediatamente la retiraba, pesaroso y avergonzado —como si su sola visión le hiriera.
Clara percibió este cambio de actitud con creciente preocupación… Pero seguía sonriendo, no sin esfuerzo. Se preguntaba qué podría pasarle, y reprimía el deseo de hacer algo al respecto: investigar qué hacía Pipo en sus largos ratos de soledad, enviarle algún rayito de ánimo o de interrogación… Pero no hacía nada de esto, sino que permanecía sonriente, como era su obligación, aunque su inquietud aumentaba día a día. Sospechaba con temor —y, también hay que decirlo, con una recóndita esperanza— que el cambio de Pipo pudiera estar relacionado con ella… ——Pero no, era imposible: cuando Pipo miraba el cielo, sólo veía la estrella, no podía ver otra cosa, ya que los habitantes de las estrellas son invisibles para las criaturas terrestres.
Y sus sospechas la conducían a otra cuestión desasosegante que no se atrevía a plantearse: ¿Qué sentía ella con respecto a Pipo? ——No quería plantearse esta cuestión, porque ya era lo suficientemente mayor para saber que los habitantes de las estrellas nunca deben interferir en los asuntos de los seres terrestres, pues las consecuencias pueden ser terribles.
Así pues, durante ese período de enrarecimiento, Clara tuvo que hacer un considerable esfuerzo para mantener el tipo y comportarse de la manera habitual; y, muy especialmente, le costó sobremanera enviar los rayos que llegaban a Pipo con la misma naturalidad y de idéntico modo que enviaba los que rodeaban al resto de Teotolcan. Pero así lo hizo. Y seguía sonriendo.
Un día, Pipo se reunió con Elías, a fin de comentarle que pensaba aprovechar unas cortas vacaciones escolares para acampar en la montaña, pues necesitaba estar a solas consigo mismo.
Llegado el momento, Pipo trepó por una de las Dos Hermanas y se encaminó a su refugio secreto. Una vez en éste, permaneció en su interior durante cuatro días con sus noches. Clara se preguntaba intrigada qué estaría haciendo.
A los cuatro días, Pipo salió de la cueva y ascendió por el abrazo de las Dos Hermanas siguiendo el curso del río Canalón, hasta llegar a su nacimiento: el lugar donde Clara le vio por primera vez. Pipo trepaba con ánimo resuelto y rostro serio.
Cuando llegó, se sentó en un peñasco. Sólo entonces levantó la mirada hasta la estrella Clara. No dijo ni hizo nada más: sólo mirarla profunda, fija, intensamente.
Clara sintió un estremecimiento que a duras penas logró disimular: pues tenía la viva sensación de que Pipo no miraba la estrella, —sino a ella misma.
Sentía que la mirada de Pipo penetraba en su estrella y, atravesando el halo de energía, corría al encuentro con sus ojos… y, entrando por ellos como por dos ventanas abiertas, se hundía hasta alcanzar el fondo de su alma, agitando en sus profundidades un mar de sentimientos de inconmensurable intensidad: levantando oleadas de anhelos y deseos, de sueños aún por soñar, de presagios terribles al par que tremendamente hermosos… Pero, aun presa de estas emociones hasta ahora desconocidas para ella —tanto por su naturaleza como por su vigor—, a pesar de ello, Clara sostuvo la mirada de Pipo y mantuvo la sonrisa de siempre, como un sólido dique que contiene el oleaje de unas aguas embravecidas, impetuosas, pugnantes por desbordar.
Pipo permaneció así, con la mirada fija en la estrella Clara, durante tres días con sus tres noches. En ese tiempo no hizo otra cosa que mirarla: no comió, no durmió, no bebió, —ni tan siquiera cambió de posición o gesto.
Y, durante esos tres días con sus tres noches, Clara mantuvo la mirada de Pipo, enfrentándose a la prueba más dura que se le había presentado en su todavía breve existencia de habitante estelar. Y, aunque trémula de emoción, se las arregló para no exteriorizar su agitación ni descuidar sus funciones, de tal manera que ningún teotolcaneco percibió nada anormal, ni siquiera Pipo —especialmente Pipo—. Y Clara seguía sonriendo.
Y al final —cuando Clara sentía que iba a desfallecer—, al clarear de la tercera noche, Pipo abrió los labios y exclamó:
—Te quiero.
Clara, al oírlo, experimentó una conmoción interna parecida a la sacudida de un terremoto: ¡Pipo le había hablado! ¡A ella, no a la estrella! ¡Le había hablado! ¿Le había hablado? ¿Y había dicho “Te quiero”? ¿A ella?
Entonces Pipo entornó los párpados y cerró los ojos un momento, por primera vez desde que, tres días atrás, empezara a mirarla. Si los hubiera mantenido abiertos, si no hubiera cerrado los ojos un instante, entonces hubiera visto —durante una fracción de ese instante— cómo la estrella Clara parpadeaba y acto seguido refulgía, emitiendo un resplandor encarnado, a juego con los colores de la alborada… Pues Clara se había sonrojado y había dejado de sonreír… Pero fue sólo la fracción de un instante, ya que Clara en seguida se repuso, y cuando Pipo volvió a abrir los ojos seguía sonriendo como siempre.
Entonces Pipo se puso en pie y, sin dejar de mirarla, volvió a hablar.
—Hablo contigo, dama de la estrella. Sé que estás ahí. Y yo… yo… —comenzó a trabucarse, y su rostro se fue demudando, como si demandara revelar una emoción largo tiempo refrenada— …No puedo vivir sin ti —concluyó a duras penas, mientras se le humedecían los ojos; entonces se dio media vuelta sin mirar atrás, emprendiendo el descenso con largas y apresuradas zancadas.
Nuevamente, la estrella Clara irradió un resplandor encarnado —pues las mejillas de Clara ardían en ese momento—; pero, nuevamente, Pipo tampoco lo vio —porque bajaba con la mirada gacha y los ojos bañados en lágrimas (por esto se marchó tan deprisa: porque le avergonzaba que Clara lo viera llorar).
Cuando Pipo retornó a su casa, Clara sonreía como siempre, y nadie se había percatado de su efímero arrobamiento. ——Aunque sobre Teotolcan quedó una huella de este fenómeno: pues a partir de ese día, en el lugar donde nace el Canalón creció una especie de flores antes desconocida, que sólo crece allí, de color encarnado y pétalos en forma de corazón. Desde entonces, los enamorados suben hasta ese lugar para escoger las más bonitas y trenzarles ramilletes a sus amadas. Se llaman amandinas.
A raíz de estos sucesos, Clara le dio una y mil vueltas a la declaración de Pipo: ¿Acaso él podía verla? ¿Podía sentirla? ¿Cómo era esto posible?
Ella no podía saber que Pipo, desde su más tierna infancia, al mirar la estrella, la veía a ella.
Cuando uno es un niño como vosotros, no percibe una clara frontera entre la realidad y la imaginación —ni falta que le hace—; pero, a medida que crece y se integra en la sociedad, se van imponiendo límites convencionales entre ambas. Así, llegó un momento en el que Pipo consideró que la niña de la estrella era un producto de su fantasía: su fantasía más hermosa. Pero, con la llegada de la pubertad y la eclosión del sentimiento amoroso, Pipo cambió de opinión, por obra de un razonamiento harto ilógico característico de los enamorados: “Si lo deseo tanto, por fuerza tiene que ser verdad.” Pues bien: por ilógico que resulte, lo era.
Siguió una época difícil para ambos.
Pipo estaba fuera de sí. Caía a menudo en letargos de melancolía, o bien no paraba de hacer cosas, pero no terminaba ninguna de las que empezaba; fue tornándose aún más retraído y suspicaz que antes: no hablaba con nadie y le molestaba que cualquier persona mirase a la estrella Clara, mas él no se atrevía a mirarla, —salvo ocasiones en que, armándose de valor, le lanzaba una mirada de muda y desesperada demanda; y, al comprobar que no ocurría nada, suspiraba con un gesto de desesperación para desaparecer luego de la vista durante días enteros.
Clara, por su parte, tampoco se encontraba bien —aunque seguía sonriendo—. La declaración de Pipo, y el efecto que había provocado en ella, la obligaron a enfrentarse a sus propios sentimientos: ella también amaba a Pipo, lo mismo que Pipo la amaba a ella, —pero no podía ni debía admitirlo—. Añoraba los inocentes tiempos pasados, en que se comunicaban ingenua y espontáneamente, sin conciencia ni pesar; pero intuía que esos tiempos se habían ido para no volver. Una y otra vez tomaba la decisión de olvidar el asunto, pero una y otra vez se sorprendía pensando en él. Llegó incluso a recurrir a estrategias de razonamiento en cierto sentido crueles, del tipo “Yo soy una habitante de las estrellas y él una simple criatura terrestre…”; pero esta diferencia de condición, lejos de proporcionarle la serenidad que perseguía, avivaba aún más su pasión: precisamente por su condición, Pipo le resultaba más vulnerable, más tierno, más… amable. Así, se debatía entre impulsos contradictorios, temiendo y anhelando a la vez aquellos momentos en que Pipo la miraba. Pero no perdía la sonrisa ni alteraba la expresión. Y cuando Pipo se desesperaba y desaparecía de su vista recluyéndose en su refugio, le entraban ganas de llorar y le costaba un mundo no detenerlo con sus rayitos, no acariciarlo, no consolarlo… Cuando pasaba el tiempo y Pipo no reaparecía, temía por su vida, no fuera a hacer alguna locura… Clara no podía seguir así. Aunque seguía sonriendo.
Por su parte, Pipo se iba sumiendo en la más negra de las desesperaciones, pues por más vueltas que le daba siempre acababa en la la misma conclusión: o estaba loco —y se había enamorado perdidamente de una muchacha que no existía—, o no lo estaba —y entonces ella no lo amaba, lo que resultaba aún peor que la primera de las posibilidades—. Así no podía seguir.
Al cabo de un tiempo, Elías —que se iba convirtiendo en un venerable anciano— tomó cartas en el asunto, pues Pipo presentaba un aspecto cada vez más preocupante: visiblemente enflaquecido, sus ojos brillaban febriles como los de un alucinado; su cara estaba contraída por arrugas impropias de su edad; jamás sonreía, y no hablaba con nadie; además había desatendido completamente los estudios y toda otra actividad… Ya ni siquiera las prácticas marciales lo estimulaban.
De modo que un día, Elías convocó a Pipo y se reunió con él en el interior de la casa. Estuvieron largo rato. A partir de ese momento Pipo volvió a cambiar. Retornó a la escuela y reanudó sus quehaceres con mayor brío y denuedo que antes, especialmente la instrucción con la espada —recordad que manejaba, a guisa de tal, un palo de madera de roble que Elías le había regalado con tal fin, siendo todavía un niño—. Apenas miraba al cielo ni a la estrella Clara, y cuando lo hacía no lo hacía de una forma especial: miraba la estrella con la misma emoción que se mira una piedra.
Clara asimiló este cambio con un gran alivio, pues la situación precedente se había vuelto insoportable también para ella; además, era consciente de que la actitud actual de Pipo resultaba sin duda la más conveniente, tanto para él como para ella, e incluso para Teotolcan… Sin embargo, junto al alivio latía en ella una cierta melancolía: como de añoranza de una posibilidad indeciblemente gozosa que fuera alejándose entre las brumas del recuerdo… Y seguía sonriendo.
Fue después de unos meses cuando Carolina llegó a Teotolcan con su familia. Sus padres, mercaderes, habían abandonado el planeta largo tiempo atrás, cuando Carolina ni siquiera había nacido. Ahora regresaban.
—Carolina, un poco más joven que Pipo, era de una belleza extraordinaria. Delgada y esbelta, de larga cabellera negra y grandes ojos de azabache flanqueados por pestañas interminables, su caída de párpados desarmaba al hombre más insensible; su boca sabía dibujar deliciosas sonrisas y encantadores “ohs” de asombro; sus pechos eran más apetecibles que dos frutos tiernos y jugosos… Pero bueno, mejor no entrar en ciertos detalles —se reconvino el viejo a sí mismo, al observar mi expresión de sumo interés—.
Cuando se conocieron en la escuela, la atracción entre Carolina y Pipo fue instantánea. Ella le obsequió con una caída de párpados particularmente larga, y le preguntó ingenuamente:
—Me han dicho que eres un formidable espadachín… ¿Es verdad?
Como procede en estos casos, Pipo enrojeció hasta la punta de la nariz, y balbució algunas palabras inconexas.
—Bueno, en realidad no… Algo… Vamos, que… Tampoco…
Ella lo escuchaba con aire de concentrado interés y, cuando él cerró el puño y lo lanzó al aire acompañado de un giro de muñeca —en apoyo instintivo de su elocuente explicación sobre el uso de la espada—, ella abrió mucho los ojos alargando sus lindas pestañas y, tras abrir la boca en un “oh” impresionado, se llevó el dedito a la boca como lo haría una niña pequeña… Y entonces fue Pipo el que se quedó boquiabierto.
Al poco tiempo, Pipo empezó a cortejar tímidamente a Carolina. A diferencia de la gran mayoría de los muchachos de su edad, Pipo jamás había vivido un romance terrestre —carecía de toda experiencia erótica—. En realidad era Carolina —más ducha en estas lides— quien guiaba sutilmente sus pasos sin que él se diera cuenta: ya incitándolo a avanzar cuando no se decidía, ya refrenándolo cuando intentaba hacerlo demasiado aprisa.
Clara, por su parte, comprendía que un amor terrenal era lo mejor que podía pasarle a Pipo. Y, sin embargo, si no fuera porque entre los habitantes de las estrellas no es común ese sentimiento, se diría que Clara experimentaba celos de Carolina. Pero seguía sonriendo. Aunque casi se le atraganta la sonrisa el día en que Carolina y Pipo se dieron su primer beso de amor. Al rato, se sorprendió a sí misma sumida en aquel razonamiento algo cruel que una vez había utilizado para dominar su sentimiento hacia Pipo… pero imprimiéndole un sentido inverso: “Yo soy una habitante de las estrellas y ella una criatura terrestre…”, y por un momento se imaginó encarnada en criatura física: ¿Sería guapa? ¿Le gustaría a Pipo? Pero desdeñó estas elucubraciones, y siguió sonriendo.
—El tiempo fue pasando, mientras Pipo y Carolina estrechaban sus lazos, hasta que alcanzaron la edad de merecer. Se acercaba, pues, el momento de formalizar su relación prometiéndose como novios…
El viejo se detuvo, miró los rescoldos de la chimenea —ya casi por completo consumidos—, y me miró después. Yo me hice el despistado, pero él no desvió su mirada inquisitiva. Finalmente asumí mi obligación desganadamente.
—Vamos, chicos, a la cama —informé.
Capítulo III
—¿Por dónde íbamos?… Ah, ya… Carolina y Pipo estaban a punto de prometerse.
Los dos sabían que se acercaba este momento, y se habían esforzado en su preparación. Sin embargo, por primera vez a Carolina empezaron a fallarle los cálculos. Hasta entonces, había manejado los cortejos de Pipo con la misma precisión que un relojero suizo el mecanismo de su reloj, consiguiendo que Pipo llegase en cada momento al punto de la relación que ella había decidido previamente —no más adelante, ni más atrás—. Pero hubo al menos dos ocasiones en que ella pensaba que él iba a pedirle su mano… y no lo hizo. Carolina no podía entender qué era lo que fallaba. Todo iba bien hasta el momento crucial: se acaramelaban con actitudes y palabras románticas, hablaban del futuro —ella se cuidaba de sacar el tema—, él adoptaba un aire grave y la miraba solemne… La segunda vez incluso hincó la rodilla en tierra… Abría la boca para hablar… Pero entonces algo —como un nublado— enturbiaba su mirada, contraía el rostro en mueca de dolor… Y desaparecía a grandes pasos sin volver la vista atrás.
El propio Pipo no sabía lo que le pasaba… o no quería saberlo. Le entraban ganas de darse de cabezazos contra la pared por cada ocasión desperdiciada. Temía que Carolina se hartara de su indecisión, y por nada del mundo quería admitir que influyera en él algo sobre lo que se había prometido a sí mismo no volver a pensar jamás.
El mes siguiente Carolina y él, acompañados por unos tíos de ella, iban a subir de excursión a las Dos Hermanas. “A la tercera va la vencida. Esta vez no fallaré.” Y, en cierto sentido, no falló.
Ya en la montaña, a la caída de la tarde, Carolina y Pipo se las arreglaron para despistar a sus tíos y perderse de vista. Era un hermoso crepúsculo, más encarnado que nunca. Carolina se recreaba en él, pero Pipo evitaba mirarlo. En un momento dado, Pipo le dijo:
—Ven. Voy a enseñarte algo.
Y, tomándola de la mano, la llevó junto a su refugio secreto.
Cuando se disponían a entrar, sucedió algo inesperado. Por un momento, se hizo la oscuridad absoluta —como si la estrella Clara se hubiera apagado—; simultáneamente, una ráfaga de aire helado asoló Teotolcan, y se hizo la nieve en la cumbre de las Dos Hermanas. Pero fue sólo la fracción de un instante; pues, cuando Pipo alzó su mirada —con la misma tensión de un animal salvaje que se revolviera al sentirse alcanzado por una lanza—, la estrella lucía como siempre: Clara seguía sonriendo.
Entraron en la cueva sin más dilaciones. Afuera, Clara sonreía. Pero nunca le había resultado tan duro hacerlo.
Al cabo de un rato, no demasiado largo, Carolina salió del refugio… pero Pipo no iba con ella: salía sola y lloraba a lágrima tendida. Pipo permaneció dentro por espacio de muchos días.
Cuando salió, Pipo fue directamente a su casa. Parecía más viejo. Se reunió con Elías. A raíz de este encuentro, Elías le escribió una carta a un viejo amigo suyo, honorable caballero de los confines de la galaxia, y se la envió mediante un mensajero sideral. Pipo, por su parte, fue hasta casa de Carolina, donde le presentó sus respetos y, sumamente contrito y apenado, puso fin a su noviazgo. Por lo demás, permaneció en casa, con los postigos de las ventanas cerrados.
Al cabo de un tiempo otro mensajero se allegó a casa de Elías: le traía una carta con la respuesta de su querido amigo Amaniel, gran maestre de la orden de la Esperanza; era ésta una de las órdenes más nobles de la caballería espacial, y su sede —donde residía Amaniel— radicaba en el extremo sur de la galaxia —a gran distancia de Teotolcan—. Tras la recepción de esta carta Elías volvió a reunirse con Pipo. Al día siguiente, Pipo comenzó a hacer los preparativos de viaje.
La víspera de su partida, Pipo ascendió hasta el nacimiento del Canalón.
Sentándose en el mismo peñasco en que antaño le declarase a Clara su amor, volvió a mirarla. Si bien lo hacía con tanta intensidad y fijeza como la primera vez, había una templanza en sus ojos antes inexistente. Rompió a hablar, y lo hizo con voz firme.
—He venido a despedirme de ti, dama de la estrella… mi dama. Jamás podré querer a otra mujer. No como te quiero a ti. Pero tampoco puedo vivir así —se levantó—. Me marcho a la frontera Sur de la galaxia. El gran maestre Amaniel me dispensa el honor de acogerme en su orden, la orden de la Esperanza… Qué ironía… pues la esperanza es precisamente lo que pierdo al abandonar este mundo… —miró en derredor, y luego levantó su mirada— …Al abandonar tu luz, amada mía. Pero me voy para no volver. He creído que debía decírtelo. Porque quiero que sepas —aunque creo que ya lo sabes— que tenerte allí arriba, vivir bañado por tus dulces rayos, contemplarte… ha sido lo más bonito que me ha sucedido… que podría sucederme jamás. Adiós, Clara.
Y Pipo descendió de la montaña con paso firme, la mirada inclinada y los ojos empañados. Clara, pese a la hondísima pena que la embargaba, consiguió no dejar de sonreír: pues sabía que si dejaba de hacerlo pondría en serio peligro la decisión y el destino de Pipo, así como el de Teotolcan y el suyo propio.
A la mañana siguiente, poco antes de partir, Elías habló con Pipo en el salón de su casa, dándole los últimos consejos paternales. Mientras tanto, prendió fuego a la chimenea, ante la extrañeza de Pipo, pues no hacía frío. Después le dijo:
—Por cierto, ¿Llevas contigo el palo de roble?
—Sí. No sé por qué, ya que no me va a servir de gran cosa… Supongo que le tengo cariño. Pero en la frontera tendré que hacerme con una espada de verdad.
—Así que no te va a servir de gran cosa, ¿eh? Dime —y los ojos de Elías brillaban con picardía—, ¿nunca has notado nada especial en el palo?
—Bueno… —Pipo reflexionó—. Sí, he notado que parece tener una energía propia, y que cuando logro sintonizar con esa energía, puedo hacer movimientos casi imposibles… A menudo he pensado que jamás empuñaré espada que se ajuste tan bien a mi mano como este querido palo de roble…
Entonces Elías le pidió que lo sacara. Pipo le obedeció. Luego le dijo que lo empuñara a modo de espada —como tantas veces había hecho— y metiera la punta en las llamas del hogar. Intrigado, Pipo lo hizo. Entonces Elías habló, al tiempo que trazaba arcos y gestos rituales con brazos y manos.
—Centella, tú que llevas largo tiempo dormida, despierta de tu sueño. Ha llegado tu hora. Te empuña la mano para la que has sido hecha. Esta mano, que lleva largo tiempo entendiéndose contigo, ha dejado de ser la mano de un muchacho: es ahora la mano de un hombre que camina al encuentro de su destino. Es tu hora, Centella. ¡Despierta!
El palo, en lugar de quemarse entre las llamas, comenzó a brillar, y a desprender en su torno vivos destellos… Un halo de luminosa energía brotó de su interior… Y de pronto ya no era un palo de roble, sino una refulgente y magnífica espada del más puro irifénix.
Maravillado, Pipo alzó la espada girándola en el aire, y la espada destelló como una centella.
—¡Centella! —exclamó Pipo, como reconociendo a una vieja amiga cuya presencia no hubiera advertido antes, por hallarse encubierta bajo un disfraz.
—El día que te encontré en el nacimiento del Canalón, yo no estaba allí de excursión. Había ido con un propósito: bautizar a Centella, mi mejor obra. Concebí su idea desde muy joven: una espada al servicio del bien, empuñada por un hombre puro. Sin embargo, no había encontrado a nadie apropiado para ella. Cuando te encontré junto al río, milagrosamente vivo, justo el mismo amanecer en que me disponía a bautizar a Centella, supe que algún día tú la empuñarías —la espada destelló de nuevo, sin que Pipo la moviera, como confirmando las palabras de Elías—. Recuerda que Centella puede presentarse en su aspecto genuino, como flamante espada, o bien adoptar la apariencia de un simple palo de madera de roble: depende de tu voluntad… siempre y cuando ella esté de acuerdo.
Llegó la hora de partir. Era un día triste y lluvioso, de cielo plomizo.
Elías acompañó a Pipo hasta el puerto, y lo despidió con un fuerte abrazo. Se le saltaban las lágrimas, pues sabía que no volvería a verlo.
Pipo se embarcó en un galeón comercial que hacía la ruta del sur. La nave rompió amarras y levantó el vuelo, ascendiendo entre las nubes.
Ya fuera de la atmósfera de Teotolcan, navegando por el espacio estelar, Pipo le dedicó una última mirada a la estrella de su amada Clara.
En los meses que siguieron, Clara no dejó de sonreír. Y aunque, gracias a ello, los habitantes de Teotolcan prosiguieron sus vidas con normalidad, justo es decir que esta vez sí notaron algo anormal: como si la estrella Clara no brillase con tanta luminosidad como antes; incluso en días sin nubes el cielo parecía una pizca mortecino… Y es que la sonrisa de Clara era más impostada de lo que nunca lo había sido; pues ella sentía dentro de sí un vacío irreparable.
Con el tiempo, Clara logró levantar su ánimo, considerando que había sido —el de Pipo y ella— un amor limpio y hermoso que había terminado como debía; pues, de haberse desarrollado de cualquier otra manera, sin duda hubiera provocado males terribles. De manera que la marcha de Pipo, lejos de entristecerla, había de servirle de agradecido consuelo, pues gracias a ésta tanto Pipo como ella misma mantenían salvas e íntegras su dignidad y respectiva condición.
—Pero la sonrisa de Clara ya no volvió a ser la misma. Del mismo modo que Pipo se había marchado convertido en un hombre, Clara, quedándose en su lugar, se había convertido en una mujer. Había madurado, y su sonrisa había madurado con ella; y había en esa sonrisa un levísimo asomo de tristeza, en el que confluían la nostalgia de su amado y el dolor acumulado en aquellos últimos años. Y colorín colorado…
El viejo se calló con gesto cansado. Hundió su mirada en las brasas de la chimenea.
—Pero, ¿cómo? ¿Así termina el cuento? —exclamó uno de los peques.
—¿Y nunca, nunca, nunca volvieron a verse? —lloriqueó Rosita.
Yo mismo interpelé al viejo con ansiedad.
—¿Termina así?
El viejo hizo un gesto de mudo asentimiento, generando un clima, por así decirlo, húmedo: pues sin duda se avecinaba una marejada de llantos. Los más pequeños empezaban a hacer pucheros cuando la cara del viejo se distendió en una amplia sonrisa, que desplazó las comisuras de sus labios resecos casi hasta las orejas.
—¿Pero, cómo? ¿Se va a acabar el cuento, así? ¿Justo ahora que empieza la acción? No, muchachos, el cuento todavía no se ha acabado. No ha hecho más que empezar. Pero hoy me siento cansado. Así que, si no os importa, mañana continuamos.
—Ya lo habéis oído, chavales —colaboré con él—. Mañana más, y mejor. Así que hale, recogiéndonos que es gerundio, y al sobre —rematé chasqueando los dedos.